Entre Tirios y Troyanos .
El petróleo no es el problema, son las decisiones.
Por: Fernando Mendoza
Académico, Analista Político y Consultor Media Training
Durante años se ha instalado, con insistencia casi dogmática, una explicación cómoda sobre el colapso venezolano: el bloqueo estadounidense. La narrativa es repetida con convicción, pero rara vez sometida a contraste empírico riguroso. Funciona como coartada política, no como explicación histórica. Sin embargo, cuando se revisan con detenimiento los datos productivos, fiscales e institucionales, esa tesis se derrumba.
Venezuela no colapsó por falta de recursos.
Colapsó pese a tenerlos, y peor aún: pese a seguir extrayéndolos.
A finales de los años noventa, Venezuela figuraba entre los países con mayor ingreso per cápita de América Latina y contaba con una de las industrias petroleras más relevantes del mundo. No era una potencia industrial, pero sí una economía media con capacidad fiscal, acceso a mercados financieros internacionales y un capital humano altamente calificado. Dos décadas después, el país enfrenta una de las mayores tragedias socioeconómicas del hemisferio occidental, con cerca de ocho millones de venezolanos desplazados, según cifras de Naciones Unidas, en uno de los mayores éxodos humanos fuera de un conflicto armado en la historia contemporánea.
Reducir este proceso a una conspiración externa no solo es intelectualmente deshonesto: es históricamente falso.
El petróleo suele presentarse como una maldición inevitable. Pero la historia comparada demuestra que el recurso no determina el fracaso ni el éxito de una nación; lo hacen las instituciones que lo administran. Noruega, Canadá o incluso Brasil lo confirman. Venezuela, en cambio, representa el caso opuesto: un país que tuvo petróleo, ingresos extraordinarios y control soberano del recurso, pero decidió destruir los mecanismos que permitían convertir esa renta en desarrollo.
Desde principios de los años noventa, no se realizó una inversión estructural sostenida en la industria petrolera venezolana Aun antes del chavismo, la inversión comenzó a desacelerarse; con la llegada de Hugo Chávez al poder, el proceso se agravó hasta convertirse en abandono deliberado. La lógica dejó de ser técnica y estratégica para convertirse en política y clientelar.
La industria dejó de pensarse a largo plazo. Se ordeñó el recurso, pero no se cuidó la vaca.
El punto de quiebre fue claro y documentado. En 2003, tras el paro petrolero, el gobierno de Hugo Chávez despidió a aproximadamente 18 mil trabajadores de PDVSA, incluidos ingenieros, geólogos y técnicos con décadas de experiencia. No fue una reestructuración administrativa: fue una purga ideológica.
Ese acto marcó el inicio del colapso operativo de la empresa. La producción petrolera, que a finales de los noventa superaba los tres millones de barriles diarios, entró en un declive sostenido que precede en más de una década a las sanciones sectoriales de 2017. Aun con precios históricos por encima de los 100 dólares por barril, Venezuela producía cada vez menos petróleo, con mayores costos, más accidentes y menor capacidad de refinación.
No fue el bloqueo.
Fue la destrucción interna de capacidades técnicas.
Entre 2004 y 2014, Venezuela recibió ingresos petroleros cercanos al billón de dólares. En términos reales, fue una bonanza superior —en escala— a los recursos que reconstruyeron Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Nunca en su historia el país manejó tanto dinero.
Y, sin embargo, durante esos mismos años comenzaron a aparecer síntomas tempranos de colapso:
– escasez de alimentos,
– inflación acelerada,
– deterioro hospitalario,
– pérdida del poder adquisitivo.
En 2012 ya se registraban faltantes de productos básicos; en 2013 la inflación superó el 50%; en 2014 hospitales denunciaban falta de insumos esenciales.
El problema no fue la ausencia de ingresos.
Fue su desaparición dentro del sistema.
Diversas investigaciones —incluidas las de Transparencia Internacional, Freedom House y comisiones de la propia Asamblea Nacional venezolana— estiman que cientos de miles de millones de dólares fueron desviados mediante mecanismos de corrupción. No existe una cifra final auditada, pero los rangos más citados oscilan entre 200 y 500 mil millones de dólares.
Uno de los instrumentos centrales fue el fraude cambiario. Bajo un régimen de control de divisas, actores políticamente conectados obtenían dólares a tasas oficiales irrisorias. Esos recursos se revendían, se fugaban o se usaban en importaciones ficticias, sobrefacturación y empresas fantasma. El esquema ha sido documentado incluso en procesos judiciales en Estados Unidos y Europa.
Todo esto ocurrió en plena bonanza petrolera, lo que desmonta de raíz la tesis de que el colapso fue provocado por sanciones externas.
Un aspecto deliberadamente subestimado en el debate internacional es que el petróleo venezolano no dejó de salir del país durante la crisis. Lo que cambió fue a quién se le entregó y en qué condiciones.
Durante las últimas dos décadas, China, Rusia, Irán, India, Turquía y Cuba han sido receptores privilegiados del petróleo venezolano, mediante esquemas opacos de pago, trueque, créditos condicionados o descuentos extremos. En muchos casos, el crudo se utilizó para pagar deudas, sostener alianzas geopolíticas o financiar apoyos políticos, sin que los ingresos se reflejaran en el bienestar de la población.
Especialmente grave ha sido el caso de Cuba, que recibió durante años entre 90 y 110 mil barriles diarios a precios preferenciales, en un contexto donde hospitales venezolanos colapsaban y el salario mínimo se pulverizaba En el programa de médicos cubanos, Venezuela pagaba miles de dólares mensuales por profesional al Estado cubano, mientras los médicos recibían solo una fracción de ese monto, según denuncias documentadas por organizaciones de derechos humanos.
Este modelo no fue cooperación solidaria, fue transferencia neta de renta petrolera desde un país empobrecido hacia aliados políticos
Cuando hoy se afirma que Venezuela colapsó exclusivamente por el bloqueo, conviene preguntar a quienes se fueron. La mayoría emigró antes de 2017, empujada por la escasez de medicinas, la destrucción del salario real, la inseguridad y la represión política Las sanciones agravaron una crisis existente; no la crearon.
El éxodo venezolano es, ante todo, un voto de desconfianza masivo contra un modelo que prometió justicia social y entregó miseria estructural.
La captura de Nicolás Maduro este 3 de enero por fuerzas estadounidenses y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos federales por narcotráfico y conspiración armada constituye un hecho extraordinario en la historia contemporánea. Ha generado debates legítimos sobre soberanía, derecho internacional y legalidad
Pero conviene ser precisos:
no es la causa del colapso venezolano
Es una de sus consecuencias más visibles y geopolíticamente disruptivas.
Si el régimen cae, no será por un operativo militar. Caerá por haber vaciado al Estado, destruido la economía productiva, criminalizado la política y convertido la renta petrolera en botín
Venezuela no fracasó por el petróleo.
No fracasó por el bloqueo.
No fracasó por falta de recursos.
Fracasó porque el régimen desmanteló sus instituciones, eliminó contrapesos, sustituyó la técnica por la lealtad política entregó su petróleo a aliados externos sin beneficio interno y convirtió la corrupción en sistema de gobierno.
El petróleo no es el problema.
El problema es cómo —y para quién— se decide usarlo.
La reconstrucción de Venezuela, si ha de ser posible, comenzará cuando se abandone la mentira cómoda y se asuma la verdad incómoda: el colapso es una decisión política sostenida en el tiempo.
Por lo pronto, en lo que la transición llega, a los Venezolanos les espera mayor profundidad en su crisis social y política.
Cualquier familiaridad del caso, que le venga a su mente, es mera coincidencia…
Bienvenido 2026
fermendozanunez@hotmail.com
Este análisis se elaboró con información de:
OPEP, PDVSA, U.S. Energy Information Administration (EIA), Reuters / Bloomberg, Transparency International / Human Rights Watch, Banco Mundial / FMI (informes técnicos), Atlantic Council / CSIS, The Guardian.
Su estructura fue filtrada en más de 5 plataformas diferentes.


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